leaves

leaves

leaves

Extractos de La Planta Sagrada

El chico

La chica

La jeringa

La autora

El chico

La graduación de Brown fue el mejor día de su vida. No summa cum laude. No magna cum laude. Sólo cum laude, suficientemente aceptable. Lo suficientemente bueno para graduarse y salir. Lo suficientemente bueno para que su padre, pese a las protestas de la familia, apagara el oxígeno esa noche y encendiera un cigarro. “Mi hijo menor sale de la universidad, es algo para celebrar”, jadeó el padre, antes de morir súbitamente, y no de enfisema, sino de un aneurisma cerebral, algo totalmente ajeno e inesperado por completo.

Descartando eso. La graduación de Brown fue el mejor día de su vida hasta las 8:49 de esa noche, cuando su padre, Raúl Banzer, a quien había admirado, amado y adorado profundamente, pero en gran medida desde una distancia, fue declarado muerto al llegar al Hospital de Providence. “Es esta maldita pequeña ciudad provincial”, se lamentó su madre, que pensaba que cualquier otro lugar, que no fueran Nueva York o París, eran insignificantes imitaciones burguesas de las ciudades reales. “En Bellevue le habrían salvado la vida”.

Después de la salida turbulenta del restaurante, Martin, que seguía eructando carne portobello en salsa marón, casi ni podía hacer contacto visual con ella. Esa noche y los meses venideros, todo giraría alrededor de ella.
Los hermanos rodearon a su madre, la matriarca de la familia, ofreciendo abrazos reconfortantes, palmaditas y arrullos. Rubíes, esmeraldas, oro y amatista violeta brillaban en sus dedos, muñecas y lóbulos de orejas. Frances, su media hermana, deslizó su brazo perfectamente bronceado alrededor de la imponente mujer y la abrazó suavemente. “Mamita, mamita, vamos a estar bien. Él estaba feliz hoy, mamita, vamos a estar bien”. Frances habló en su perfecto español natal, lo que a Martin profundamente resentía.

Las semanas siguientes transcurrieron rápidamente. Fue el tiempo de los arreglos para el funeral. Adelfas blancas. La cremación, una misa tradicional y una parcela funeraria en San Lucas. Abogados, documentos, un medio hermano, dos hermanos, cuatro medias hermanas, dos ex esposas. Mucho que resolver, ante lo que la familia Banzer resoplaría hacia adelante para hacer que todo funcionara de manera cordial y eficiente. No había nada que discutir ni entender. Cada letra i tenía su punto. Cada letra t sería cruzada. Cada tangente sería bien cerrada.

Una mano se deslizó en la suya. Su media hermana mayor, Karen. Ella le apretó la mano mientras veían pasar enfermeras, médicos y asistentes. Uniformes azules, uniformes rosados, paredes pintadas de amarillo alegre, diseñadas para evocar sentimientos de cariño y esperanza. Pero ninguna cantidad de color podía disfrazar el olor antiséptico y la atmósfera impregnada de enfermedad y muerte. “¿Qué voy a hacer?” Su madre estaba llorando. “¿Y ahora qué? ¿Y ahora qué?”.
Martin sabía lo que iba a hacer. Se iba a La Paz.

La chica

VIENA ESTA SANGRANDO

Cuando el bebé no esté llorando
Nunca nació, nunca pudo
Y he fumado mi último cigarrillo

Mientras tomo dos cafés negros
A pesar que hagan que mi piel cuelgue
Y me ponga nerviosa en mi asiento
Cuando veo a los camareros valientemente tratando de
Maniobrar las bandejas de pan y carne
Sabiendo que un millar de turcos ilegales
Está lavando platos en la trastienda,
Entonces yo creo que, sí, duele

Saber que cuando dijiste que me amabas
No quisiste decir que para bien o para mal.
No, cuando me dijiste que me amabas
Quisiste decir “solo si funciona”.
No, cuando pensaba que me amabas
Yo no sabía hacia dónde eso iba.
Y cuando los skinheads brotan como una enfermedad
Cantando viejos versos nazis
Y los vapores pútridos de los caños
Hacen que el Danubio Azul corra de un color marrón
Y las mujeres se apresuren hacia el baño

Aferrándose a sus bolsos
Entonces sabrás, amigo mío, sabrás
Sabrás que Viena está sangrando.

La jeringa

Es un hecho poco conocido que el LSD puede ser inyectado por vía intravenosa. En 1972, un hippie en Oakland, California, jaló la cadena del inodoro con una jeringa llena de dietilamina de ácido lisérgico presintiendo una redada de la policía. Sorprendentemente, en un lugar donde desaguan las tuberías del edificio, la pequeña jeringa se abrió camino en el sistema del alcantarillado de la ciudad. En un clima seco, esta historia podría haber terminado ahí, pero los torrentes de lluvia atípicos de la temporada de esa semana mezclaron el flujo del alcantarillado público con las aguas pluviales y crearon un exceso de líquidos nocivos, que fue desviado a través de una tubería de desagüe que terminaba en la Bahía.

Embarcándose en una aventura que un objeto inanimado jamás podría haber sido apreciado, la pequeña jeringa llegó al Océano Pacífico, alcanzó una corriente que se movía hacia el oeste, y finalmente se encontró a más de cuatro mil ochocientos kilómetros de distancia de su lugar de nacimiento, en Linden, Nueva Jersey. Allí comenzó a dar vueltas en los bordes exteriores de la Gran Zona de Basura del Pacífico, la mayor concentración de desperdicio plástico del mundo. Se trata de un torbellino de basura en constante movimiento que circula a ochocientos kilómetros de la costa de California. Es una mancha de basura que cubre aproximadamente el doble del área continental de los Estados Unidos y gira lánguidamente a través del Pacífico norte, después pasa por el Japón y baja hasta Hawái. Continuamente atrae hacia su horizonte las bolsas plásticas, botellas, aplicadores de tampones, bolígrafos, tapas de lentes, contenedores de yogurt, cajas de CDs, y otros desechos no biodegradables de las naciones que bordean el Océano Pacífico.

En el 2002, la jeringa, que ya había circundado el gigante torbellino más de dos veces y ahora flotaba a orillas del borde sureste, fue engullida por una joven merluza negra (Dissostichus eleginoides), que la confundió con un calamar. La merluza negra y su cardumen serpentearon hacia el este antes de ser atrapadas por la red de un grupo de pescadores piratas de robalo, que navegaban con su pesca de vuelta a Tocopilla. Ellos esperaban descargar la cosecha ilegal en camiones con hielo en las primeras horas de la mañana, y después de tres semanas en el mar, se apresuraban a regresar a sus casas para bañarse y hacer el amor con sus esposas...

La autora

Caroline Alethia es una escritora profesional cuyo trabajo ha sido publicado en periódicos, revistas y publicaciones en internet. Sus trabajos también han merecido elogiosos comentarios en diversas radios de los Estados Unidos. Alethia ha trabajado como escritora técnica para la Organización de las Naciones Unidas, ha sido periodista con base en Bruselas cubriendo las políticas de la Unión Europea y ha sido productora ejecutiva de más de doscientos programas educativos de radio en idioma español. También ha sido editora de numerosas publicaciones internacionales y ha dictado clases en comunicaciones para negocios a nivel universitario. Las palabras de Caroline Alethia han llegado a audiencias en seis continentes. Ella vivió en Bolivia y fue testigo ocular de muchos de los eventos descritos en el libro La Planta Sagrada. 

.

Derechos reservados Ellen Alderton. Los materiales en este sitio se pueden copiar y referir con la citación apropiada.