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El blog de Caroline Alethia

Sobre Caroline Alethia  

Lo normal, lo inusual y lo paranormal en La Planta Sagrada  

¿Cuál es el precio de experimentar con una planta sagrada?
La idea que se convirtió en la novela La Planta Sagrada nació un anochecer tranquilo en un alojamiento en Santa Cruz, Bolivia. Yo había llegado al país unos días antes, y – tal como suele ocurrir cuando uno viaja – inmediatamente me choqué con un personaje peculiar. Greg era un coronel jubilado del ejército de los Estados Unidos, quien había venido a los llanos orientales de Bolivia para hacer una investigación para elaborar un libro acerca del guerrillero argentino Che Guevara.
Holgazaneando en ese patio privado, sentados bajo las constelaciones del hemisferio sur, poco conocidas para nosotros, disfrutando de la cálida brisa que jugaba con las hojas de las palmeras, Greg me deleitó con la historia de su experiencia con ayahuasca.
La ayahuasca, también conocida como caapi, es una mezcla psicotrópica preparada por los indígenas de la Amazonía. Bajo la guía de un Chamán, la gente ingiere la ayahuasca (a veces la inhalan) para lograr efectos alucinógenos. A las alucinaciones causadas por la ayahuasca y otras plantas que causan estas alucinaciones se las conoce como “Plantas Maestras” o “Plantas Sagradas” porque supuestamente imparten conocimiento y guía espiritual.
El viaje de Greg bajo este efecto, en su opinión,  había sido bueno. Me describió como él había visto docenas de serpientes mientras sentía que ellas eran benevolentes. El las había llamado para que se le enroscasen, pero mientras esta escena hacía que la mayor parte de la gente sude frio, Greg disfrutaba de la vinculación afectiva con sus serpenteantes plantas maestras. Él valoraba las experiencias como algo que lo había acercado al mundo natural y espiritual y sentía que a través del encuentro, había obtenido cierto grado de iluminación.
Escuché la historia de Greg francamente escéptica. Me acordé de una amiga que años antes había experimentado con drogas indígenas mientras estaba estudiando antropología en Latinoamérica. Luego, esa experiencia sufrió de transtornos de tipo maniaco y que finalmente se consolidaron como un tipo de enfermedad bipolar. Aunque ambas cosas, el uso de las drogas y la enfermedad bipolar no podían ser conectadas en una relación de causa y efecto, yo siempre me quedé con la duda. Yo sabía que jamás probaría plantas alucinógenas, salvo que la infusión me fuera encajada por la fuerza pasando por mis reacios labios.
Luego de que Greg y yo nos retiráramos a nuestros respectivos bungalows esa noche, me quedé pensando sobre la posibilidad de que el viaje con ayahuasca pueda hablar a ambos lados del espectro. ¿Era cierto suponer que el “estudiante” recibía tanto experiencias positivas como negativas del episodio alucinógeno? ¿Era cierto suponer que las plantas maestras de veras daban sabiduría, pero, al mismo tiempo existía un precio a pagar por esa sabiduría?
Dos años más tarde, me encontré haciéndome nuevamente estas preguntas mientras escribía, acomodaba la acción, las decisiones y el destino de uno de los principales personajes en La Planta Sagrada Martín Banzer. Con la omnipotencia que tiene una escritora de ficción, obligué a Martín a que pruebe la ayahuasca, y luego observé hacia donde lo llevó su experimentación. Ahora yo invito al lector a que sigan la travesía de Martín y, al mismo tiempo, se formule la pregunta: ¿Tiene un precio la sabiduría?      

 

Lo normal, lo inusual y lo paranormal en La Planta Sagrada  
La gente me ha hecho preguntas acerca de la novela La Planta Sagrada y sobre cómo hice para retratar Bolivia de forma tan real. Yo tuve la suerte de vivir en este remoto país sudamericano desde el 2007 hasta el 2008, momentos en que el Presidente Evo Morales se estaba consolidando en el poder. Digo que tuve la “suerte” de estar ahí aunque el país estaba atravesando un grave período de agitación política y social, pues creo que es un honor y una responsabilidad ser testigo ocular de lo que los chinos proverbialmente llaman “tiempos interesantes”.
Imagínate un país paralizado por huelgas de hambre. Las plazas principales de las ciudades copadas por carpas, llenas de gente esperando pacientemente, ingiriendo solamente agua, echada en sus hamacas. La gente leyendo revistas y diarios. Las cámaras de televisión en cada esquina y las ambulancias esperando algún desenlace.
¿Y qué hace una? Ya que no eres boliviana, ni eres miembro de un medio de comunicación, una camina a través del espectáculo, se estaciona en su café favorito, pide un cappuccino y lee las noticias, mientras espera que los acontecimientos se produzcan.  Dentro del café, docenas de personas comen sus tortas y se toman sus bebidas leyendo, viviendo sus vidas como si afuera no pasara nada.
En las noches, te sientas con el dueño de la pensión donde estás alojada, mientras los otros huéspedes beben su cerveza mezclada con soda hablando muy casualmente sobre la posibilidad de una guerra civil. En la noche, los huelguistas copan las calles con letreros y antorchas, se los ve siniestros. A diferencia de la desobediencia civil que conocemos en este país la gente que protesta en las calles de Bolivia prefiere encender petardos que dan la impresión de que hay disparos de armas de fuego ahí afuera.
En el patio de nuestra casa de huéspedes, nosotros seguimos sorbiendo nuestras bebidas y, de rato en rato, nos remojamos en la piscina.
Durante mi tiempo en Bolivia aprendí una importantísima lección: Los seres humanos necesitan de normalidad. Cuando los tiempos no son normales, la gente va a hacer su vida como si la  vida fuese normal –visitando cafés, siguiendo su rutina- hasta el punto en que las circunstancias se los permitan. La posibilidad de una dictadura y una guerra civil son tan grandes, que muchos apenas pueden captar estos conceptos. La gente barre su puerta de calle, lava su ropa y llega a su puesto de trabajo, como si nada estuviese ocurriendo.
En La Planta Sagrada, Martín Banzer vive una mala aventura sudamericana de otro tipo. Luego de experimentar con una planta alucinógena indígena llamada caapi, debe enfrentarse con los efectos posteriores de la experiencia con la droga. El está obligado a enseñar sus clases de inglés, conversar con sus amigos y leer los correos electrónicos de su familia mientras revive su experiencia en “flashbacks”. Mientras vive esta experiencia anormal, Martín debe aparentar normalidad.
Escribí el personaje Martín y lo ubiqué en Bolivia porque, a pesar de mis cappuccino y mis entradas a la piscina, me di cuenta de que yo había sido testigo de una historia que estaba obligada a contar. Mientras un país poco a poco va perdiendo su libertad a través de actos no-democráticos, cometidos uno tras otro, y mientras el mundo en el extranjero simplemente ignora o no comprende lo que está ocurriendo, este país que me ha recibido, Bolivia, clama que cuente su historia.
La Planta Sagrada es la historia de Martín intentando ser normal al igual que Bolivia que atraviesa por momentos de lucha que jamás deben ser considerados normales. La historia de Bolivia continúa. Hay gente que ha sido encarcelada. Hay gente que ha muerto. La maquinaria de Morales se mueve avanzando consistentemente. Yo espero que La Planta Sagrada entretenga al lector, pero también espero que esta novela acerca de tiempos tormentosos nos recuerde a nosotros aquí, en el norte, acerca de cuán preciosa y precaria puede ser la democracia.

   

 

Sobre Caroline Alethia  
                                                                                                                                                                                 Caroline Alethia es una escritora profesional cuyo trabajo ha sido publicado en periódicos, revistas y publicaciones en internet. Sus trabajos también han merecido elogiosos comentarios en diversas radios de los Estados Unidos. Alethia ha trabajado como escritora técnica para la Organización de las Naciones Unidas, ha sido periodista con base en Bruselas cubriendo las políticas de la Unión Europea y ha sido productora ejecutiva de más de doscientos programas educativos de radio en idioma español. También ha sido editora de numerosas publicaciones internacionales y ha dictado clases en comunicaciones para negocios a nivel universitario. Las palabras de Caroline Alethia han llegado a audiencias en seis continentes. Ella vivió en Bolivia y fue testigo ocular de muchos de los eventos descritos en el libro La Planta Sagrada.